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sábado, 21 de mayo de 2011

La vocación: un llamado al servicio de Dios

La vocación: un llamado al servicio de Dios

Esta pregunta es de importancia e interés perenne: ¿cómo puedo saber si tengo vocación al sacerdocio o a la vida religiosa? Es un error creer que tal vocación debe ser tan absoluta y clara que apenas deja lugar para el libre albedrío. Existen ciertas condiciones absolutas para una vocación, condiciones sin las cuales se puede estar seguro que Dios no lo llama a uno. Otras señales son inherentes a la libre voluntad y dependen de ella, pero son inspiradas por la gracia de Dios como invitación a seguirle, las cuales son:

1. Buena salud. Puesto que la vida religiosa exige grandes esfuerzos físicos, es necesario tener una buena salud.

2. Talentos ordinarios. Debe tener el candidato al menos habilidades ordinarias para seguir una vocación religiosa.

3. Independencia razonable. Si está obligado a cuidar de los padres, por ejemplo, esa persona no está libre para entrar al estado religioso.

4. Piedad normal. Si no tiene, cuando menos, una devoción ordinaria a las prácticas religiosas, difícilmente podrá adaptarse a los extraordinarios ejercicios religiosos de un sacerdote o monje.

Aparte de estas cualidades esenciales, están las que dependen y son inherentes al libre albedrío, pero que las inspira Dios para seguirle:

1. Un espíritu de sacrificio: la capacidad para poder abandonar los bienes inferiores, aunque más atractivos, a favor de los bienes superiores espirituales.

2. Un espíritu de celo: aquella forma especial de la caridad que inspira querer hacer algo para salvar almas.

3. Un espíritu de desinterés: el poder que capacita a una persona para estar en el mundo, pero no ser parte del mundo. Un religioso debe ser capaz de controlar sus emociones . Debe estar dispuesto a permanecer el resto de su vida en el celibato.

4. Un deseo de ser religioso: o la convicción de que el camino más seguro para salvar su alma es entrando al estado religioso.

La presencia de estas ocho señales es una indicación de que uno está siendo invitado por Dios a ser uno de los suyos. Su presencia, sin embargo, nunca equivaldrá a un mandato seguro: la decisión siempre se deja a la libre voluntad. Una vocación es la voz de Dios, no mandando, sino llamando. Seguir este llamado es seguir el plan especial de Dios. Una vocación es el camino particular en la vida que traerá una de las felicidades más grandes sobre la tierra y en la eternidad.

Es difícil enumerar todos los dones y gracias que el Todopoderoso Dios derrama sobre un religioso. Todo en la vida religiosa tiende hacia la santificación personal y la salvación de otros: la frecuente recepción de los sacramentos, los ejercicios religiosos y las prácticas piadosas, las innumerables oportunidades para la práctica de la virtud, la sagrada regla y las costumbres de la orden o congregación, los períodos de soledad y silencio, la santidad de sus ocupaciones, los votos de pobreza, castidad y obediencia, las numerosas instrucciones espirituales...

San Bernardo nos dice que los religiosos viven más puramente, caen rara vez, se levantan con mayor facilidad, están dotados más copiosamente de la gracia, mueren con mayor seguridad y son recompensados con mayor abundancia. Una vocación religiosa es una gracia magnífica de Dios, pero es sólo el comienzo de una larga cadena de gracias con las que deben cooperar sirviéndole con amor y fervor. Al ser fiel a su vocación, el religioso es capaz de cambiar el mundo, de ganar el mundo para Cristo, de restaurar todas las cosas en Cristo.

Si tal es el valor de la vocación religiosa, ¿podemos acaso comprender el mérito de un llamado al sacerdocio? En verdad, ¿qué sería la Iglesia católica sin el sacerdote? El confesionario sería inútil, la iglesia estaría vacía, el púlpito estaría en silencio. En momentos de pena y en la hora de la muerte no habría nadie para dar consuelo y aseguranzas del amor y el perdón divino. ¡Nunca antes ha habido tal necesidad por los sacerdotes, y nunca ha habido tal escasez de ellos!

La vida religiosa o sacerdotal parece ser difícil. Si confiamos en nuestras fuerzas, seguramente lo será. Se necesita la confianza en la bondad y el poder de Dios, cuya gracia siempre basta para cumplir lo que pide. Esta confianza se ganará con la oración ferviente. Debemos orar para conocer y hacer la voluntad de Dios, y debemos pedir por la gracia para llevarla a cabo rápidamente. Demorar la vocación sin una razón suficiente es arriesgar la invitación especial de Dios.

Alguien que se sienta llamado al sacerdocio o a la vida religiosa debería buscar el sabio consejo de un confesor o sacerdote. En la decisión de la vocación, lo esencial es entender qué es la voluntad de Dios, no necesariamente lo que a uno le gusta más. El joven rico del Evangelio ciertamente amaba a Dios, guardaba los mandamientos y era amado en gran manera por Nuestro Señor. Pero en su apego a las riquezas, rechazó el llamado de seguir a Cristo y “se fue triste.” Quiera Dios concederle a muchas almas la generosidad y dedicación necesarias para satisfacer las necesidades de nuestros tiempos. ¡He aquí, la cosecha es grande, y pocos los labradores!


Oración para escoger el estado de vida

Oh Dios mío, Tú que eres el Dios de sabiduría y del buen consejo, Tú que lees en mi corazón el sincero deseo de agradarte a tí solo y de hacer todo conforme a Tu santa voluntad en cuanto a mi decisión sobre el estado de vida; por la intercesión de la Santísima Virgen, Madre mía, y de mis santos patronos, concédeme la gracia para saber qué vida he de escoger, y para abrazarla una vez conocida, a fin de que así pueda yo buscar Tu gloria y merecer la recompensa celestial que has prometido a los que hacen Tu santa voluntad. Amén.



(Papa Pío X)

Tomado de COMRI

domingo, 23 de agosto de 2009

Testimonios de Vocación religiosa

Testimonios de vocación religiosa
La vocación religiosa
La vocación religiosa es un misterio de amor entre un Dios que llama y un ser humano que le responde libremente y por amor. La vocación es un misterio de elección divina. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure (Jn 15,16). Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía y, antes que nacieses, te tenía consagrado (Jer El llamado a la vocación
Yo tenía 23 años, cuando decidí alejarme completamente de Dios y de la Iglesia. No podía creer en la existencia de Dios. Si Dios existía, no podía existir el dolor. Sin embargo, busqué la ayuda sincera de algunas personas, incluso sacerdotes, pero no encontré una respuesta satisfactoria. Todos me decían: Reza, pidiendo fe. Pero yo no podía rezar, porque no tenía fe. Así que abandoné la Iglesia, me olvide de Dios y me dediqué a la música, que era lo único que me interesaba en aquel momento.
Pero un día, al cumplir mis padres 30 años de casados, querían que todos sus hijos comulgaran. Yo no sabía qué hacer, quería quedar bien con mis padres para no hacerles sufrir, así que a última hora me fui a confesar. Me emocioné un poco al comulgar, aunque no lo quería admitir. Ese mismo día, compré los evangelios y comencé a leerlos. Lo hacía a la hora de la siesta para que nadie me viera. Leía de corrido, porque deseaba terminar cuanto antes. Leí los tres primeros evangelios sin que sintiera nada especial, pensaba que todo era muy bonito y que eso había sucedido en tiempos de Jesús, pero que eso no cambiaba mi vida ni mi dolor de hoy. Sin embargo, llegué a San Juan y en el capítulo 14, cuando leí: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…, algo se transformó dentro de mí. No pude seguir leyendo, sólo veía: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA. Pero ya no eran sólo las palabras, era una voz que me hablaba fuerte al corazón y que mis oídos escucharon y que me decían lo mismo. Caí allí mismo de rodillas. Había encontrado a Dios. Dios me había salido al encuentro y yo lo amaba y Él me amaba. Las lágrimas brotaron abundantes, lágrimas de arrepentimiento y de amor. Esa misma tarde fui a hablar con el sacerdote. Él esperaba mis preguntas, mis dudas, pero yo no tenía dudas ni preguntas. Dios ya me había respondido.
Así comienza mi pequeña historia de amor que no terminará sino en el cielo. Comprendí que de ahí en adelante debía vivir de fe y creer por lo que no había querido creer. A los pocos meses, entré en el convento. Y ahora quisiera dar hasta la última gota de mi sangre para que un alma descarriada se encuentre con Dios. Amo a Dios con todas las fibras de mi corazón y soy feliz.
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Nací un día de mucho frío en una gran ciudad de Alemania. Mis padres eran protestantes y me bautizaron en la Iglesia evangélico-luterana. Durante varios años, canté los domingos en la iglesia, y durante la semana ayudaba a un grupo de niños que dirigía una diaconisa. A los 15 años, recibí la confirmación.
A partir de entonces, empecé a cuestionarme mi fe y me hacía muchas preguntas sobre la Biblia. El pastor trataba de darme explicaciones, pero yo no me sentía convencida. A los 20 años comencé a estudiar Sicología en un ambiente dominado por sectas orientales, gurus y métodos de meditación. Me inicié en la meditación transcendental. Practiqué el yoga. Muchas veces, hacía ayuno a solo agua… Conocí a una monja budista, que enseñaba raya-yoga, y todos los días iba en bicicleta a hacer con ella la meditación para conseguir la purificación total y llegar a la unión con Dios.
Un día tuvimos en un cine un gran encuentro con un famoso gurú de la India. Tenía unos 70 años, barba blanca y hablaba en inglés. Venían con él muchos acompañantes, discípulos y admiradores. En la pared del fondo habían colocado su retrato y todos le aplaudían mucho. A uno de los Directores le dije: Aquí no seguimos a Cristo. Me contestó: El camino de Cristo es el camino estrecho, nosotros vamos por la autopista y con la meditación del gurú llegamos primero. Todos parecían hipnotizados y yo empecé a orar: Cristo es más fuerte que tú, Cristo es más fuerte que tú. De pronto, el retrato del gurú cayó a tierra y se hizo añicos. Yo me reí de puro gusto y me retiré para siempre de aquellos grupos.
Comencé a leer la Biblia y cada vez sentía más fuerte en mi corazón el deseo de amar a Cristo, repitiendo las palabras Cristo-Amor… Viajé a Italia y, como no tenía dinero, me alojé en la Casa de las religiosas de la Santa Faz, una Congregación dedicada al cuidado de los ancianos e impedidos. Estuve con ellas dos años, asistía con ellas a la oración y allí empezó el cambio de mi conversión a la fe católica, con la ayuda de un sacerdote y del obispo. Ellos me prepararon y un día, en una misa, después de mi confesión, hice mi profesión de fe y recibí la comunión. Mi alegría fue inmensa. Había encontrado el Amor. A partir de esa fecha, cuando pasaba delante de una iglesia, no podía dejar de saludar a Jesús y decirle: Jesús te amo.
Poco a poco, pensé en dedicar mi vida a Jesús. Hice mis primeros votos en la fiesta de Pentecostés de 1987; y mis votos perpetuos en junio de 1990. Me gusta pintar y lo hago con mucho amor, tratando de reflejar las maravillosas bellezas de Dios. Mi salud es frágil, pero todo se lo ofrezco al Señor por los sacerdotes y la unidad de la Iglesia.
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Nací el 25 de agosto de 1971 en Xalapa, México. Un día estaba admirando una de las grandes maravillas del mundo, el Taj Mahal de la India, cuando por primera vez me pregunté sobre el sentido de mi vida y para qué me había creado Dios. Aunque yo estaba de turista, sentí tristeza al ver a aquellos buenos hombres que con su buena voluntad, sus ofrendas y sus cantos, no conocían a Cristo. ¡Reverenciaban vacas y buscaban ser buenos en la vida para ver si podían reencarnarse en una vida mejor! Entonces, me di cuenta de que mi vida no era sólo para vivirla yo, sino también para hacer algo por los demás.
Fuimos a Calcuta, lugar de mucha pobreza: niños muriendo de hambre, leprosos pidiendo ayuda, mujeres abandonadas, enfermos… Este segundo factor reforzó esa inquietud de hacer algo por los demás. No podía ser igual después de aquel viaje y aquellas experiencias. Entonces tenía 18 años.
Al terminar el año de estudio de francés en Suiza, comencé la carrera de mercadotecnia en el Tecnológico de Monterrey. Me involucré en varios proyectos de acción social, estuve en la mesa directiva del Tecnológico. Empecé a salir con chicos, pero sinceramente nadie me llenaba, hasta que conocí a uno que compartía los mismos intereses e ideales que yo. Nos hicimos novios y, al ver que la relación se iba formalizando, recordé que un día le había prometido a Dios darle un año de mi vida. Sabía que ése era el momento. Se lo conté a mi novio y él me apoyó incondicionalmente, pero acordamos formalizar la relación antes de que yo me fuera.
La experiencia de ese año, ofrecido a Dios, fue muy enriquecedora. Fui constatando que Jesucristo me llenaba cada día más. Irlo conociendo me hizo darme cuenta de su divinidad, pero también descubrí su humanidad, al verlo en cada persona y acontecimiento. Nunca había pensado en serio en ser religiosa, pero en la Semana Santa de aquel año, le pedí a Dios que me hiciera ver qué quería de mí. El Sábado Santo percibí con mucha claridad que Él me llamaba a consagrarle mi vida. Él me fue conquistando poco a poco y ya no pude decirle que no.
Fue muy difícil dejarlo todo, pero volvería a hacerlo una y otra vez y le volvería a decir Sí con tal de tener la dicha de ser de Dios y dedicar mi vida a su servicio. La plenitud y la felicidad con que vivo mi vida consagrada me han hecho darme cuenta de que en el mundo hay muchas maravillas, pero que la única, verdadera y duradera, es Dios. Ser esposa de Jesús es la vocación más maravillosa del mundo.
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Fragmentos del Libro “La Vocación, un llamamiento de amor” del P. Ángel Peña O.A.R.Puedes descargar gratuitamente este y todos los libros del Padre Ángel Peña en LibrosCatólicos.org

lunes, 17 de agosto de 2009

¿Tendré vocación?

LA VOCACIÓN SACERDOTAL Y EL SEMINARIO
¿Tendré vocación?
Cualquier joven responsable se plantea el futuro de su vida: piensa en una profesión, si va a fundar una familia, etc.
Un joven cristiano también se plantea la vida, pero preguntándose: ¿Qué espera Dios de mí? Sabe que Dios quiere la felicidad de cada persona y es capaz de dársela. Vocación significa "llamada": es lo que Dios está llamando a cada uno.
Por la fe estamos todos llamados a vivir la vocación cristiana: ser testigos del amor de Dios en nuestro ambiente, en el trabajo, la familia, etc. Pero hay tres formas de vivir la vocación cristiana:
La vocación de laicos: Los cristianos que ejercen una profesión, viven en medio de la sociedad, se casan normalmente, fundan una familia y en todo tratan de construir el mundo segùn los planes de Dios.
La vocación sacerdotal: Los cristianos que reciben el sacramento del Orden para hacer presente a Jesucristo mediante la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos y el cuidado pastoral de la comunidad (parroquia, grupos, etc.). Para ello se preparan en el Seminario durante seis años y ofrecen su vida en una dedicación total, renunciando a constituir una familia y optando por el celibato consagrado a fin de imitar a Jesucristo y servir más plenamente a todos.
La vocación de vida consagrada: Consagrar la vida al servicio de Dios y de los demás, mediante la ofrenda de los tres votos o consejos evangélicos, a imitación de Jesucristo: la pobreza, la obediencia viviendo en fraternidad y la virginidad consagrada. Esta consagración se puede vivir de dos maneras:
Institutos de vida religiosa: Viven en comunidad y son variados, porque cada uno actualiza y se fija en algún aspecto de la vida de Jesús: la oración (los monjes y monjas contemplativos), el servicio a los pobres, la enseñanza, las obras de misereicordia, la predicación ,educación(religiosos y religiosas de vida activa).
Institutos seculares: Se parecen a los religiosos en que profesan los consejos evangélicos, pero se parecen a los laicos en que trabajan y viven en medio de la sociedad, sin llevar distintivos, sino distinguiéndose por su entrega y radicaclidad evangélica a fin de santificar el trabajo del mundo y las relaciones sociales.
Tanto la vocación sacerdotal como la vida consagrada suponen optar por el de celibato por el Reino los Cielos. No se renuncia al amor. Se experimenta el amor de Dios, se le elige a Él como el Amor absoluto de la vida y se ama a los demás por amor a Dios.
Imprescindible para una buena elección
1.- Querer cumplir la voluntad de Dios y amarlo sobre todas las cosas.
2.- Examinar a qué vocación te llama Dios, teniendo en cuenta tus cualidades y tus sensibilidades, a la vez que las necesidades que hay en el mundo.
3.- Orar, consultar con algún sacerdote o persona consagrada.
4.- Decidirse, sabiendo que Dios nos necesita para servir a los demás y quiere y puede hacernos felices en nuestra entrega.

martes, 7 de abril de 2009

Consagrados por el Reino de los Cielos




1. La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente « visibilidad » en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo.
A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso » (cf. 1 Co 7, 34). También ellos, como los Apóstoles, han dejado todo para estar con El y ponerse, como El, al servicio de Dios y de los hermanos. De este modo han contribuido a manifestar el misterio y la misión de la Iglesia con los múltiples carismas de vida espiritual y apostólica que les distribuía el Espíritu Santo, y por ello han cooperado también a renovar la sociedad. (Vita consacrata)

sábado, 28 de marzo de 2009

Vivir santamente

"Estoy indeciblemente agradecida al buen Dios por su llamado a la vida religiosa. Que el me otorgue la gracia de vivir santamente y de morir un día felizmente" (Beata Paulina)

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